A diferencia del área de mango citada anteriormente, donde siempre permitimos que las hojas caídas hicieran un “colchón”, y donde han ido surgiendo en forma natural nuevos arbolitos, en otra área de árboles de mango dentro de la misma propiedad, localizada a la par de la cabinita que tiempo después construimos, se tuvo el cuidado de mantener siempre el área “limpia”, procediendo a eliminarse con rastrillo las hojas que caían.  En esta parte, por muchos años, no sólo no nació ningún nuevo arbolito, sino que la erosión que experimentó el suelo, por la acción de las lluvias, removió fácilmente en esta área una capa de 20 a 30 cm de espesor, dejando las raíces de los árboles de mango descubiertas.

Proceso de erosión que sufrió el suelo en esta área de mangos, como resultado de remover continuamente la capa de hojas caídas desde los árboles.

Arbolito de roble sabana nacido bajo las hojas de mango.

Aunque nos tomó años percatarnos del problema y aprender la lección, ya hemos dejado de rastrillar las hojas secas, y, ha bastado tan sólo un invierno para que, entre las hojas de mango, comiencen a surgir distintos arbolitos forestales.

Lógicamente, al estar cerca de la cabinita, procuramos sembrar césped bajo estos árboles, pero, la sombra de los mangos no permitió que el césped sobreviviera; el proceso de erosión tampoco permitió que ninguna otra vegetación surgiera.